lunes, 18 de julio de 2016

Castigado por culpa de la Tablet

     El otro día me contaban una historia que me pareció muy interesante comentar.
     Últimamente hay colegios que han optado por cambiar los libros de texto de papel por una Tablet. Creo que es una medida muy buena y que estaba tardando en llegar. Es impresionante el peso que llevan los niños a la espalda. Pero como todas las medidas innovadoras y revolucionarias como esta, deben de implantarse con indicaciones, transmitiendo a los padres, en este caso, los pros y los contras de esta medida. Os voy a contar lo que pasó.
     Estos estudiantes no tienen libros o muy pocos. Hacen los deberes con la Tablet, y estudian con la Tablet. Pero es una Tablet que no está limitada, al menos no todo lo que debería. Eso significa que en el disco duro, además de tener los libros de texto, están instaladas también aplicaciones de cualquier tipo. Y por supuesto, juegos.
     La anécdota habla de uno de estos estudiantes que en época de exámenes estaba en su habitación estudiando. O al menos, eso era lo que estaba previsto. La madre entró en la habitación y el hijo no estaba estudiando, sino que estaba jugando. La consecuencia fue que se quedó castigado por no estudiar, por mentir, etc.
     Pero vamos a pensar un momento. Le damos a nuestro hijo una Tablet, para que estudie, y no le desinstalamos los juegos, ni siquiera le limitamos el acceso por contraseña, ya que nosotros confiamos plenamente en nuestros hijos (evidentemente). Ahora vamos a ponernos en su situación. Me deja mamá en mi habitación, con la puerta cerrada, con la Tablet para estudiar. ¿No veis que ya suena a cuento? ¡Y lo peor de todo, es que el cuento se lo estamos contando nosotros! Y ahora os pregunto yo a vosotros, padres, ¿tenéis una fuerza de voluntad tal que hacéis siempre lo que tenéis que hacer? Cuando estáis en la oficina o puesto de trabajo, ¿trabajáis las 8 horas diarias sin distracciones? ¿Estáis siempre concentrados al 100% o a veces miráis “qué hay” en Internet los días que estáis más cansados? Y cuando os proponéis algo, como por ejemplo bajar de peso, ¿tenéis la suficiente fuerza de voluntad para cumplir la dieta y no comer dulces? O ¿no será que como no confiáis en vuestra fuerza de voluntad, os valéis de pequeñas ayudas como no comprar dulces? Y sigo preguntando, ¿por qué entonces exigís a vuestros hijos que tengan esa fuerza de voluntad que vosotros los adultos no tenéis? Y peor aún, ¿por qué les castigáis por no tenerla? Hay soluciones: estudiar con la puerta abierta si el ambiente de casa lo permite, restringir los juegos con contraseña, etc., etc., etc.
     Una vez más hago un reclamo a utilizar el sentido común como herramienta de educación. Ayudarles enseñándoles trucos para no distraerse, pero no castigando exigiéndoles algo que excede de su capacidad de respuesta. Si nosotros adultos, no seríamos capaces, ¿por qué exigírselo a nuestros hijos de esa manera?

viernes, 29 de abril de 2016

Mamá y Papá nunca salen.

     Salíamos mi mujer y yo a cenar el otro día. Estábamos con unos amigos y con sus hijos. Su cara de asombro fue para grabarla: “¿Os vais a cenar? Qué suerte tenéis…” Pues sí, la verdad es que sí que tenemos suerte, pero también hay algo más. Y es que os aseguro que tener una conversación sin interrupciones, sin nadie llorando a tu alrededor, sin la posibilidad de hacer aquello que de repente te acuerdas (poner el lavavajillas, o coser el botón del babi, o colocar la estantería que siempre ves desordenada), porque estáis los dos cenando en un restaurante, o en un bar tomando una cerveza y unas patatas bravas…es una pasada.

     Me gusta comparar esto como la gasolina de un coche. Están las personas que van a la gasolinera cuando el coche entra en reserva y otros cuando aún le quedan algunos litros. De la misma manera, están las parejas que hacen esto cuando están hartos, no pueden más, o notan que se enfadan con más facilidad de lo normal. Y están los que procuran hacerlo, sin que se haya convertido en una tarea urgente, porque “no puedo más”.

     Y es que el sentido común vuelve a llamar a nuestra puerta. Tenemos mucha suerte de poder salir a cenar, pero yo también diría que este tipo de cosas salen porque nos hemos propuesto, entre los dos, que salgan. Pedimos un favor a algún hermano, o a alguna abuela, o contratar a un canguro para poder salir nosotros. Pero esto no suele salir de la noche a la mañana. Exige un poco de previsión, un pequeño calendario, avisar con tiempo a quien se vaya a quedar en casa cuidando de los peques, etc. Como veis todo está relacionado.

     No esperéis a “estar hartos”, no esperéis a “quedaros sin gasolina” para salir. Hacer un plan los dos sólo es algo necesario, muy necesario. No hace falta que os recuerde el estrés del trabajo, los horarios de los coles, los deberes, las cenas, la casa, los compromisos con amigos, con familiares… ¿No creéis que debe estar entre nuestras prioridades?. Si se hace así, ¡todo irá mucho mejor! No es lo mismo estudiar para sacar un 5 (que siempre será más fácil suspender), que para sacar un 9 (que tendremos algo de margen), ¿verdad?


     Espero que os planifiquéis ahora mismo, y pongáis un día en el calendario para vuestro próximo plan juntos, y con qué frecuencia. Por vuestro bien y por el de vuestros hijos.

miércoles, 6 de abril de 2016

Tienes un hijo, pero sigues siendo la misma persona.

      Hoy he estado en el dentista. Le he preguntado si le gustaba el fútbol. Me ha dicho que era socio del Real Madrid, pero que desde que tuvo a su hija hace 5 años, no ha pisado el campo. No suelo ser muy abierto con estos temas con personas con las que no tengo mucha confianza, pero esta vez me he lanzado.

      Le he dicho que eso no podía ser. Cada persona somos de una manera, tenemos unos gustos, unas preferencias, unos hobbies, cosas que nos ponen nerviosos, y otras que nos relajan, etc. Cuando tenemos un hijo, seguimos siendo la misma persona, el mismo que le gustaba las hamburguesas, el mismo que le gustaba la música clásica, etc. Con el tiempo, crecemos físicamente, y mentalmente, es decir, maduramos, pero seguimos siendo la misma persona. Cuando tenemos un hijo, los cambios que se producen en nuestros hábitos son brutales, nos hacen madurar de manera acelerada e intensa, pero seguimos siendo la misma persona.

      Lo que quiero decir, es que el hecho de tener un hijo no significa dejar de ser el o la  que eras, dejar de hacer lo que nos gustaba y que hacíamos antes de tenerlo. Sé lo que estáis pensando, y no olvidéis aplicar el sentido común. Está claro, que durante los primeros meses de vida, la demanda de tiempo y luego de atención es mucha. Lo que quiero decir es que si te gusta el fútbol, eras socio abonado, y desde que eras pequeño has ido todos los domingos por la tarde al campo, quizá no puedas ir todos los domingos, pero sería totalmente contraproducente dejar de ir completamente. Y si es así, debe ser algo temporal, con la idea de retomarlo cuando la situación se estabilice (cuando tu hijo crezca).

      Hablo de fútbol, pero podría ser cualquier otra cosa, tanto para el padre como para la madre, evidentemente. Da igual. Por nuestra salud, y por lo tanto por la de nuestra familia, tenemos la obligación de cuidarnos y así estar en situación de poder dar lo mejor de nosotros a nuestra familia.

    Hace poco leí en un libro sobre liderazgo algo que decía: “La generosidad, es la capacidad que tenemos de pedir lo que necesitamos, para poder dar después lo que necesitan los demás”. Me pareció absolutamente cierto como revolucionario.

      Piénsalo. No olvides el sentido común. No olvides a tu familia. No olvides de cuidarte.

      La próxima vez hablaremos sobre la importancia de cuidarse en pareja, tan importante como cuidarse uno mismo, y complementario.

martes, 1 de marzo de 2016

El ejemplo de mi padre

     Mucha gente me dice que hago cosas poco habituales, dicen que tengo mucha fuerza de voluntad (qué poco me conocen), de alguna manera les remueve lo que hago día a día, y se sorprenden de la cantidad de cosas que me da tiempo a hacer. He pensado sobre ello. Y por fin, he averiguado de dónde salen estas “heroicidades”. Lo pongo entre comillas, porque para mí no es más que un pequeño esfuerzo adicional en épocas en las que necesitan o necesito ese esfuerzo extra para sacar adelante lo que me he propuesto o sencillamente lo necesito para vivir. Y digo esto, porque para mí, este esfuerzo, esas “heroicidades” se las he visto hacer a mi padre todos los días desde que nací, y todavía las sigo viendo.

     Mi padre trabaja en casa. Trabajador autónomo, su trabajo se ha medido, no por las horas que trabajaba, sino por los encargos que terminaba. Somos cinco hermanos, y aunque ahora somos todos mayorcitos y adultos, hubo una época en que llevábamos pañales, y hacíamos de todo menos estar en silencio, como cualquier niño. Por lo tanto, mi padre tenía que sacar tiempo de debajo de las piedras para acabar los encargos y traer dinerito a casa.

     Mi padre no estudió ninguna carrera, ni consiguió ningún premio de estudios, y aunque no se podía sentar conmigo a hacer los deberes, me ha enseñado mucho más de lo que cualquier libro me hubiera podido enseñar, ni me enseñará nunca. Lo tengo muy claro.

     He visto a mi padre madrugar muchos días, le he visto pasar frío trabajando, sueño, sufrir en silencio las preocupaciones del trabajo y de la economía familiar.  Son una cantidad de detalles que no he apreciado hasta que no he sido padre de familia y he madurado. Ahora, pienso en ellos, y sencillamente, hago lo que tenga que hacer para estar a la altura de las circunstancias que el día a día me exige. Si tengo que madrugar, pues madrugo; si tengo que estudiar, pues estudio; si tengo que trabajar, trabajo; y si me tengo que aguantar, pues me aguanto.

     Por lo tanto, he llegado a la conclusión (ya había llegado antes, pero me reafirmo en ella) de que he tenido una suerte increíble con mi padre. No digo que sea un padre perfecto, pero jamás creo que pueda echarle el valor que él le echó con nosotros (por ahora sigo estando a años luz). Y a todos los que se sorprenden de mis “heroicidades”, les digo que sólo intento aprovechar al máximo los recursos que mis padres me dieron (con mucho esfuerzo), y que aún me siguen dando. Sé que ahora mis hijos no entienden lo que hago, pero también sé que se les quedará grabado en la memoria lo que hago, de la misma manera que yo tengo grabado en la mía lo que hacía mi padre y que he tardado más de 30 años en entender. Gracias papá.

domingo, 7 de febrero de 2016

Más vale prevenir que curar

     El otro día hablaba con una madre de tres hijos. Me gusta siempre saber cómo se las apañan otros padres, no solo con temas como la logística, sino también con otros temas más sensibles y como por ejemplo las noticias de la actualidad del día a día.
     Llevamos una temporada que tanto la actualidad nacional como la internacional vienen cargadas de  noticias con gran repercusión mediática. Tanto es así, que una vez su hijo de 7 años llegó a casa preguntando a su madre si quería cambiar de presidente del Gobierno. Algo parecido pasó con los atentados de París. Son cosas que salen en las noticias y que por lo tanto un niño de esa edad no tiene por qué saber, no le interesan y no le aportan nada. Pero como no estamos todo el día con nuestro hijo ¿cómo sabemos si sus amigos del colegio conocen esas noticias? ¿Cómo sabemos si lo que le está explicando su amigo es verdad, o si coincide con los principios y valores que yo le quiero transmitir a mi hijo?
     Esta madre  habló con su marido del tema. Llegaron a la conclusión de que a partir de ahora, aquellos temas con gran repercusión social y mediática, los hablarían con su hijo, se lo explicaría de manera sencilla, para que lo entendiera, y sobre todo, para asegurarse de que su hijo se enteraría de esos temas tan delicados de mano de sus padres. Su hijo las interpretaría correctamente, y podrían responder en el momento a las preguntas que les hiciese. Eso sí, escuchando.

     Es muy importante que filtremos la gran cantidad de información que fluye en nuestro día a día y que inevitablemente, a veces llega también a nuestros hijos. Ellos no tienen aún la madurez para poder tener espíritu crítico. Un vez más, la comunicación constante, es protagonista en la educación de nuestros hijos. Aunque a veces nos parezca que no es eficaz, sí que lo es.

jueves, 28 de enero de 2016

El acoso escolar no tiene beneficios

     He leído esta mañana un artículo sobre un directivo cuyo éxito se ha basado en la creación de una página web, la cual está ayudando a muchísimas personas con una causa con necesidad de apoyo, aunque sea de gente desconocida. Esta persona contaba en la entrevista que de pequeño se metían con él en el cole, metiéndose con su orientación sexual, etc. Cambió muchas veces de colegio por el trabajo de su padre y eso dificultó las cosas.
     Cuando terminas de leer el artículo, te queda la sensación de un ejemplo de lucha, de vencer momentos difíciles y además sacar partido de ello, y todo ello “gracias” a que sufrió acoso escolar. Hay que reconocer la dura victoria de esta persona y agradecerle, junto con todas las personas que ayuda cada día a través de su página, su labor y dedicación. Pero de ahí a decir que el acoso escolar tiene beneficios,  hay un abismo.


     Hay gente que se toma un café para despertarse y hay gente que se lo toma para dormir. Hay gente que se sienta a tu lado que tiene frío y tú estás en manga corta. Hay gente que cuando está nerviosa come y otras personas adelgazan. Hay gente que ve películas que les afecta para toda la vida y otras ni se inmutan. Lo que quiero decir es que no hay un patrón, no hay una medida exacta, y no somos todos iguales. Por lo tanto, hay niños cuyos compañeros de clase se meten con él y puede que no les afecte, se lo tomen a broma y saquen incluso una personalidad reforzada. Sin embargo, puede haber otros niños, cuyos compañeros de clase se metan con él de la misma manera que con el primero, y debido a su forma de ser, no sólo no salgan reforzados, sino que además les afecte, les hunda, y les impida tener una infancia tranquila, divertida, disfrutar de su pubertad y vivir una adolescencia que por sí misma es difícil. Esto desembocará en un adulto con problemas de sociabilidad, etc. Por lo tanto, puede que tengas la suerte de poder decir que se metían contigo de pequeño y eso te haya hecho fuerte, pero puede que esa suerte no la tengan otros.


     Te invito a que hagas una prueba. Busca en las redes sociales a tu compañero de clase con el que se metía todo el mundo. Si no lo encuentras, posiblemente no supo superar esa época con el mismo éxito que tú.

     Conclusión, como cada persona somos un mundo, y cada niño y niña también lo es, vamos a estar muy atentos. No permitamos ningún tipo de acoso. Ninguno. Porque no a todos nos gustan las mismas bromas, ¿verdad?

martes, 29 de diciembre de 2015

Caprichos: Aunque podamos, no debemos.

     Hace poco leí una publicación de una de las personas más influyentes de esta década a nivel mundial. No diré quién es para no dar pie a prejuicios y que el mensaje llegue claro. El texto hacía mención al exceso de dedicación que tenemos con nuestros hijos. Cuando digo exceso, quiere decir eso mismo, cantidad excesiva, demasiada, es decir, un cantidad que al superar la medida necesaria, lo hace en tal grado  que perjudica y tiene efectos contrarios a los esperados. Es decir, siempre nos hemos quejado de que nuestros padres no nos preguntaban ni se interesaban lo suficiente por nuestras cosas diarias (opinión subjetiva, por cierto), y siempre hacemos alusión a los efectos negativos de una falta de atención y dedicación hacia nuestros hijos. Me gustaría que nos preguntásemos ahora mismo, ¿le doy a mi hijo lo que necesita o más de lo que necesita? Si le doy más, ¿ese exceso que le estoy dando le está beneficiando o perjudicando? Pensadlo bien. En nuestra responsabilidad como padres, debemos estar vigilantes, y no sólo poner el corazón a la hora de educar.


     Permitidme que os cuente un caso personal que se suele dar. A comienzo de curso llega el momento de ir a por las zapatillas de deporte para el cole. Y nos encontramos con la siguiente situación: tu hijo ha estado todo el camino ansioso porque va a tener “zapatos nuevos”; te empieza a hacer la lista de las zapatillas que llevan todos sus amigos del cole, a los que va a ver todos los días y va a jugar con ellos; le dice lo mucho que le gustan las amarillas fosforito de “La Marca”, etc. Y te presentas en la tienda delante de todo ese muestrario de zapatillas que abarcan precios desde los 15€ a los 49€. Gracias a Dios, los ingresos familiares nos permiten optar, no sin esfuerzo, tanto a las de 15 como a las de 49. Mi hijo me pide las de 45€, sabiendo que las de 49 son las más caras y sabe que le voy a decir que no. Y empieza el vaivén de pensamientos en mi cabeza: “quiero lo mejor para mi hijo, y estas zapatillas tienen una mejor amortiguación para su pie”, o “¿cómo voy a dejar que mi hijo vaya con unas zapatillas baratas al cole si TODOS sus amigos llevan las mejores?”, o “con lo mal que yo lo pasé porque mis padres nunca me podían comprar las zapatillas que yo quería, no quiero que lo pase mal”, etc., etc., etc.

     

     Espero que os hayáis dado cuenta de lo que quiero mostraros: aunque la zapatilla de 49€ no afecte a nuestra estabilidad económica, ¿estamos educando bien a nuestro hijo comprándole la mejor zapatilla? Aunque podamos, no siempre debemos. Esta frase seguro que la ponéis en práctica a menudo para vosotros mismos. Intentamos vivir sin excesos para no afectar a nuestra economía familiar, pero ¿por qué sus caprichos sí pueden afectarla? ¿Por qué vamos a hacer una excepción con nuestros hijos? Hacedlo por  ellos y por vosotros. Os lo agradecerán en el futuro, aunque ahora no lo entiendan.